Gorillaz @ Palacio de los Deportes: la historia se escribe de adioses
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Gorillaz @ Palacio de los Deportes: la historia se escribe de adioses

El, posiblemente, último concierto de Gorillaz fue uno más en su historia, pero uno que cierra un capítulo de casi 20 años en la vida de todos.

El posible último concierto de Gorillaz cerró recorriendo casi 20 años de existencia bajo la luna llena

Los teloneros son una suerte de mensajeros; oráculos que nos permiten saber cuál será el futuro de un concierto. Para el concierto final de su gira, Gorillaz cambió a The Internet por Jupiter & Okwiss, que con sus percusiones rudimentarias y sonido africano explosivo nos lo dejó claro: esta es la última noche de Gorillaz.

Gorillaz @ Palacio de los Deportes: la historia se escribe de adioses
Foto: OCESA

La épica se escribe cuando nadie espera contar el futuro. A mi lado llegó Caro, que venía desde San Luis Potosí sin entrada, estafada por un revendedor que la dejó sin boletos al llegar a la CDMX y después ultrajada por los precios de la reventa a última hora. Al comenzar «M1 A1» era claro: la historia ocurre cuando parece no suceder.

Damon Albarn es una especie de deidad anónima. Su nombre es glorificado por todos, pero su imagen es más parecida a un gorila humanoide o a una caja de leche. Frente a todo un público que corea sus canciones, sacando recuerdos púberes y adolescentes con «19-2000» o «Every Planet We Reach Is Dead» es evidente que se regodea en ser la misma sombra de todos sus proyectos.

Gorillaz @ Palacio de los Deportes: la historia se escribe de adioses
Foto: Liliana Estrada

La primera parte del concierto fue un recuerdo de cómo se formó toda esta gira. El lanzamiento de The Now Now fue un pretexto más para darle a Gorillaz un cierre que, parecía, no iba a llegar tan pronto después de álbumes en años consecutivos. Mucha nostalgia entre el público, la banda y el ahora seguía siendo ayer entre «Last Living Souls», «Tomorrow Comes Today» y «Superfast Jellyfish».

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El público se entregó a Gorillaz y estos respondieron cada canción, que retumbaba en el domo del Palacio como si en vez de 20 mil personas fueran 100 mil. Ante los ojos de cualquiera, podría ser solo un concierto más, pero otra vez, las historias se cierran entre quienes las viven, y nadie podrá negar que esta vez «On Melancholy Hill» sonó como nunca, porque puede que nunca vuelva a sonar.

Gorillaz @ Palacio de los Deportes: la historia se escribe de adioses
Foto: OCESA

Hacia la mitad del show, los animos se calmaron un poco. Si algo debemos agradecerle a esta gira es la forma en que Damon supo elegir un setlist para llevar de la emoción a la serenidad para después terminar estallando en una éxtasis de hits sin parar. Y, en sí, es difícil encontrar a Gorillaz lejos de sus hits, no por su popularidad, sino por su capacidad de encontrarse en su público, a pesar de venir de personajes animados.

Al mismo tiempo, la épica se contaba como odisea. Puede que todos recordáramos el día que, atónitos, descubrimos en una plática en el recreo de la secundaria, que el cantante de Blur era, en realidad, el cantante de Gorillaz. O cómo teníamos estampas de 2-D y Noodle en los cuadernos y ese disco pirata de su homónimo comprado en el Chopo por 10 pesos.

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OCESA

Desde 2001, esta banda ha emprendido un viaje en que sus personajes no envejecen, aunque sí lo hacen sus creadores, Jamie y Damon. No sabemos si la decisión de cerrar el proyecto sea cierta, tampoco sabemos qué los motiva a dejarlo en el limbo durante tanto tiempo. De lo que estamos seguros es que la noche de ayer se puede contar como la formación de la luna llena que esperaba fuera del Palacio de los Deportes.

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Un regalo para los nostálgicos y ya algo caducos primeros fans de Gorillaz, fue permitirse tocar también «Latin Simone (¿Qué Pasa Contigo?)», siempre a la memoria inmensa y gigante de la leyenda Ibrahim Ferrer, que también nos hace dimensionar la capacidad creativa de Gorillaz fuera del rock y el pop convencional.

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Foto: Liliana Estrada

Tal vez esa forma experimental y siempre innovadora en sonidos fue lo que convenció al grupo de cerrar su gira en México, un espacio multicolor y multifacético que puede regalarte lluvias en invierno y tres ciudades diferentes con solo avanzar por tres calles diferentes.

Cuando comenzaron a tocar «Clint Eastwood», su primer hit como banda, sabíamos que el camino estaba por terminarse. Llegando al mismo punto donde todo comenzó para ellos. La banda se preparó para tocar «Don’t Get Lost In Heaven» y «Demon Days», abrazando al público con visuales que parecían, ahora sí, una despedida definitiva.

Al prenderse las luces, Caro seguía a mi lado derecho. Tomó una selfie y me contó de lo difícil que es llegar en carretera a San Luis, de cómo pidió un día en su trabajo y la tristeza de haber tenido que desembolsar básicamente todo el presupuesto que tenía para este viaje.

La salida del Palacio de los Deportes es siempre una procesión silenciosa, que avanza entre murmullos satisfactorios. Esta vez, todos nos despedíamos de una odisea que no regresó a casa porque nunca tuvo que hacerlo.

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Foto: Liliana Estrada

La épicas se escriben donde nadie piensa contar el futuro. El concierto de Gorillaz de esta noche fue una epopeya que refleja el genio de Damon Albarn y Jamie Hewlett con una luna que cierra su odisea lejos de casa.

Fotos: Liliana Estrada y OCESA

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