Musica Ruido Vivo

Lo mejor de ver a Tame Impala no fue el concierto

Como a las 12:00 de la tarde comenté una publicación en Facebook. De broma escribí al dueño de ese status que si conseguía dos boletos me lanzaba con él a ver a Tame Impala. No esperaba respuesta, o no una seria, pero de repente ya me estaba poniendo

de acuerdo para conseguir las entradas y colarnos al concierto. Me dice “vente al depa. Aquí armamos ese pedo bien y nos movemos más fácil”, entonces ahora ya estaba camino al sur de la ciudad con una mochila llena de cuadernos que no iba utilizar el resto del día.

Ahí me recibió un aroma a marihuana y trastes sucios. Hay que buscar boletos y esperar al último valiente que nos acompañará en esta travesía. Muchos intentos fallidos, poco presupuesto, sopa ramen de tres pesos, espurgar marihuana, algunos juegos de PlayStation, viniles y seguir buscando. Ya encontramos vendedor. Nos dicen que los vemos en el Palacio de los Deportes. Ya son las cinco y el otro cabrón no llega. Si no le aprieta van a venderlos sin siquiera decir algo… ya son las ocho de la noche y al fin llega. La Uber carrosa nos llevará entre el tráfico.

Sí, esos vatos vendieron los boletos. Estamos como al principio, solo que ahora faltan solo 30 minutos para que empiece el concierto, y los boletos van a subir de precio conforme nos acerquemos a las entradas del Palacio. ¿2 mil 500 pesos, neta? Esto costaba 800 en taquilla. Hay que seguir buscando. Tenemos como una hora antes de que Tame Impala salga. ¿Reventa? Pues ya qué. Hay que hablarles bonito y poner cara de desesperado. No pudimos regatear más que hasta mil 5oo pesos, pero al fin ya podemos entrar a las 21:30.

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Adentro se escuchan gritos. La música estalla y el Palacio de los Deportes sacude su caparazón hacia cada punto de la noche. Ahora estallan mis piés. Estoy corriendo hacia el show de una banda que no tenía pensado volver a ver luego del Vive Latino de 2013. La voz dramática y metálica de Kevin Parker ya está en los amplificadores. Las escaleras nos abren el paso hacia el inmueble. Esta entrada no es. D19 está dos accesos más adelante. Carajo, nuestros lugares están al otro extremo de la fila. Qué más da. Vamos a escuchar “Let It Happen” y después vemos cómo llegamos.

Ver a Tame Impala significa ver varias sombras moverse entre luces y humo. Detrás de esas sombras algunas formas simétricas se mueven entre un abanico de colores que, con sorpresa, te invita a cerrar los ojos e imaginar cómo cambian, en vez de mirarlas cada segundo que pasa. Aquí la gente y los gritos no han parado ni van a parar hasta que prendan todas las luces y la publicidad de OCESA llene las pantallas. Hay tanto humo en el escenario como lo hay en la pista.

¿Habrá sido así ir a un concierto de Grateful Death? ¿Por qué Tame Impala popularizó la piscodelia años después de que ya había salido del radar? ¿Por qué murió Jerry Garcia antes de ver esto? ¿La psicodelia, el movimiento hippie y los mismos Death estaban igual de sobrevalorados que Kevin Parker y sus Balas de Plata?

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“Eventually” saca gritos que ahora me hacen preguntar si es así ver a cualquier estrella pop. Quise marcarle durante esta canción, pero no podía hacerlo. Desde hace un rato la pantalla de mi teléfono me avisa que “wrong.id.not.matching” y no puedo abrir el teclado de llamada. Grabé un cachito y, sin que a mi lado lo adviertan, alguna que otra gota salada y amarga llegó hasta la orilla derecha de mi boca. El concierto sigue. La gente casi no se mira, o si quiera mira. Por un momento se hace pesado el concierto, la euforia se transforma en una espera densa, entre pocas notas de guitarra que se traducen en luces en la pantalla.

Kevin pasea el escenario sin zapatos y cargando una guitarra que demanda más atención que no recibe porque toda se la queda el filtro en el micrófono de su voz. Yo cierro los ojos y me muevo como las luces, o al menos eso creo. Todavía no sé que el concierto va a acabar tras “New Person, Same Old Mistakes”, pero entre que eso ocurre, entre tanto humo en el escenario o al lado mío, me sigo moviendo y sin mirar a los demás, ignorando las quejas, las declaraciones de amor a metros del escenario o los más elementales gritos que llevan una sola vocal.

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Los últimos pedazos de confeti siguen cayendo con las luces ya encendidas. Diablos, este lugar es bastante gris y triste. Deberían apagar todo de nuevo y prender esos reflectores de colores que te calientan la cara en cuanto te tocan. Ya salimos. Casi doce horas desde que jugando terminé decidiendo pasar la tarde más estresante en mucho tiempo, para luego pasar una de las noches más catárticas entre tantos colores y gritos que aun no escucho mis propios pensamientos.

El concierto no fue de otro mundo, pero haber entrado a un soldout con boletos conseguidos minutos antes de que Tame Impala saliera al escenario terminó haciéndolo impresionantemente bello. Con cierto egoísmo reconozco que logré hacerlo y siento que este concierto es más mío que de los que llegaron con la seguridad de que ibana entrar.

Un último regalo: al caminar hacia el metro, entre la fila que se dirige como becerros por un estrecho pasillo arriba del puente que cruza el antiguo Río de la Piedad, volteo hacia mi izquiera. El cielo está más despejado que de costumbre en esta ciudad con más autos que ideas. La Luna me sonrie brillando, le sonrío y ya es hora de partir. Que me lleve el carajo ahora o que no lo haga, esta noche ya soy libre del estrés y la piscodelia.

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