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El delirio aún no termina: 27 años de La Castañeda

La Castañeda 27 aniversario

La Carpa Astros, ubicada donde anteriormente se encontraba el Circo Atayde Hermanos, recibía conforme entraba la noche a cada vez más personas. Muchos aún con zapatos y camisas que ocultan alguno que otro trabajo de los ojos del jefe en la oficina, y otros tantos enfundados con camisas negras y letras blancas que mostraban un nombre que ha hecho eco en México desde hace ya varias décadas: La Castañeda.

El aire de esa porción de terreno de la CDMX se sentía cargado de una fuerza que se sintió durante el siglo pasado en bares de la zona rosa, el oriente de la urbe, viejos garages céntricos o Rockotitlán. Ese que vio nacer a La Castañeda entre una explosión de grupos que querían sacudir la música mexicana con un sonido diferente, pero sin olvidar nunca en donde se encontraban parados.

La espera rumbo al inicio del concierto se llenó de rechiflas, hasta que en el momento en que Chava  Moreno, cual gran domador de audiencias, salió con gran sombrero de copa y una capa a anunciar con su profunda voz que la celebración estaba por comenzar. Con las primeras notas de «Amantes de lo Insólito» asistimos a un concierto que bien pudo haber sido escrito por Lewis Carroll, aunque con el Mictlán de escenario, en vez de la Gran Bretaña del Siglo XIX.

La arbitrariedad de celebrar 27 años de vida, en vez de esperarse a hacerlo en tres años más que completarían los 30 años no fue explicada en ningún momento, pero no fue en absoluto necesario. La festividad llegaba del escenario al público y el número maldito del rock se perdió entre canción y canción hasta hacer llegar a todos al estado impasible de la locura que representa el nombre que esta banda eligió para existir en el último respiro de los ochenta.

Entre actos circenses y representaciones oníricas de un viaje transdimensional, el público pudo flotar entre la oscuridad de la voz de Chava y la electricidad de los sonidos de toda banda para llegar al nosocomio de la extravagancia y el sufrimiento que fue aquél manicomio, que fue solo una pesadilla en la historia clínica de nuestro país. Entre crónicas de gitanos, sobredosis y ciudades sin paz, los noventa giraron su cabeza para hacer pasarela a la historia de una banda que brilló entre el opaco sentir de sus letras y canciones.

La gala se sirvió de invitados que solo reforzaron más la burbuja atemporal que se vivía dentro de esa carpa repleta de colores fluorescentes y varios grados centígrados que evaporaban a los espectadores. Patricio Iglesias de Santa Sabina, Misael Oseguera de Panteón Rococó, Sax de Maldita Vecindad y Johnny Indovin subieron para ser «las gemas, las joyas para coronar» esa noche, en palabras de Chava. Gran parte de la historia de nuestro rock nacional desfilaba en el escenario, junto a una banda que se perpetuó en las sombras, igual que el mito que defiende.

Fueron 33 canciones las que tocaron en el festejo de los números arbitrariamente aleatorios. En cada una de ellas una historia, y con cada historia un acto, que fueron desde el desfile de una reina, hasta el ascenso veloz acrobático de dos grandes tiras de tela o los giros cadenciosos y violentos alrededor de un tubo. El cierre, con «Cenit» y «Transfusión» resumió la carrera y leyenda de La Castañeda, y logró consumar la noche, con la oda a la enfermedad y el canto a la sanación. 27 años de morir a diario desde la cabeza revivieron un extinto circo, una década añeja y hasta el viejo espectacular de la presentación de El Hilo de Plata en 1996 sobre Avenida del Imán.

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